Giovanna Cirianni, “Las palabras como átomos”
Por el camino de Puán, 3 de julio de 2025
Un vendaval, una impresora, un viejo rapsoda y una cita del filósofo romano Lucrecio. El último libro de Lucas Soares empieza trenzando imágenes que se irán reelaborando a cada página y a cada lectura. Lo primero que anoto es que inicia con un “Proemio”, sección inicial de los poemas épicos clásicos donde se mencionaba la temática de la obra, y que un rapsoda era el recitador de este tipo de cantos en la antigua Grecia.
Soares (Buenos Aires, 1974) es Doctor en Filosofía y Profesor Adjunto de Historia de la Filosofía Antigua en la UBA. Ha publicado diez libros de poesía y Rapsoda es el tercero con Mansalva. La obra de Soares toma forma conjugando estas dos facetas, en el diálogo constante entre la cotidianidad contemporánea y la antigüedad clásica, la autobiografía y la poesía ficcional.
Rapsoda es un poema narrativo en seis partes. Sus personajes son el viejo rapsoda y un oyente (sin el que la obra poética no puede completarse). El recitado del viejo rapsoda se narra en poemas breves que llenan de sentido la cita inicial. Todo el libro es “una variación del concepto lucreciano de clinamen, lo que se desvía, lo que se inclina”, dice Silvio Mattoni en la contratapa. El clinamen es el nombre latino que dio Lucrecio a la desviación impredecible que sufren los átomos, idea que recupera del filósofo griego Epicuro, quien vivió unos trescientos años antes.
Esta propuesta es una solución al problema del libre albedrío: si todo tiene una causa directa, se asoma el fantasma del determinismo. Las palabras, como átomos, caen pesadas en línea recta, pero el recitado del viejo rapsoda permite desviaciones: “alborotadas en un rayo de sol / que cruza un cuarto en penumbras / así chocan y rebotan las palabras / en el recitado del viejo rapsoda”. La poesía vive en el recitado de estas palabras-átomo, en el tono que otorga un sentido imposible en el vacío; que también permite el recitado interior de quien lee en silencio.
Una serie de imágenes nítidas constituyen “Los simulacros”, la tercera parte del poema. Busco “simulacro” en el diccionario: reproducción ficticia o apariencia. En este caso, aquello que se desprende del poema y llega al oyente: la imagen recurrente del mar, un televisor, o las formas en que distintos animales cruzan la ruta. Fotogramas hechos a medida para conformar una unidad emocional.
Hacia el final, “el viejo rapsoda se hizo / una resonancia magnética”. ¿Y qué resuena del magnetismo, qué resuena de los átomos en Lucrecio? ¿Qué resuena de las palabras-átomo en el Rapsoda? La respuesta son “Las pinturas”, que rematan este encaje tejido con agujas; cuadros se arman con las palabras que el rapsoda no pudo pronunciar.
Rapsoda es una obra que no solo permite, sino que invita a la relectura y al descubrimiento de sus elementos internos e intertextualidades. Cada visita al viejo rapsoda será una desviación posible, una mirada creativa del lector que conversa con el poema.
Rodolfo Edwards, “Desliz e intermitencia”
Suplemento Cultura del Diario PERFIL, 17 de noviembre de 2024
Partiendo de una aseveración de Lucrecio, Lucas Soares describe aspectos internos de la actividad de un rapsoda, aquel que en la antigua Grecia ejecutaba la partitura ínsita en un poema, permitiéndose desordenar átomos poéticos para dar a luz sentido nuevos. “Cuando los átomos caen en línea recta a través del vacío en virtud de su propio peso, en un momento indeterminado y en indeterminado lugar se desvían un poco, lo suficiente para poder decir que su movimiento ha variado”, afirma Lucrecio, advirtiendo que el desvío es la razón de ser del universo.
Arrojarse al vacío conlleva alteración, inquietud y, sobre todo, creación: “la desviación/ permite a las palabras/ moverse en otros sentidos/ y sostener/ encuentros clandestinos/ al chocar/ con otras palabras”, dice Soares, atento al fluir imperceptible de las palabras.
Tomando el desvío como modus operandi, el rapsoda ensambla fragmentos (samplea), logrando una pieza nueva cada vez. En esas variaciones reside el poder creativo del decidor que se convierte así en un antólogo ambulante. “El oyente pensó/ que el viejo rapsoda/ interrumpía a propósito/ los versos antes de lo previsto/ para hacer del poema/ otro poema”.
Rapsoda está dividido en seis partes, y consta de 29 poemas-escenas. Soares hace orbitar alrededor del recitado una secuencia de satoris e imágenes extrapoladas que completan la figura del rapsoda, como reponiendo piezas faltantes de un organismo roto: “una arañita/ que baja lentamente/ por el brazo de una estatua/ y se desvía de golpe/ al sentir que un insecto/ que parecía muerto/ rasgó parte de su tela”.
En esa dinámica, las palabras adquieren un peso inusitado, son piedras imbuidas de memoria. El rapsoda imparte una bendición tribal, se planta ante su audiencia como un emisario que dispone caprichosamente su mensaje. Soares se mete en las bambalinas mentales del artista artesano, lo sorprende sopesando sus elementos y en las nimiedades de pequeños desplazamientos que terminan de esmerilar la concreción de su acto. Lo ancestral se mezcla con resonancias del presente, tornando las escenas difusas y misteriosas. En esa transmigración temporal, se fusionan el pasado y el presente en una sola línea quebradiza. Cada detalle es significante, aunque se presente de manera circunstancial. Hay un contrapunto constante entre la vida y la obra, un reenvío que admite resoluciones insólitas como en la sección Resonancia magnética: “oyó a través de los auriculares/ el sonido de un lavarropas desencajado/ vuelto al ritornelo de una cajita/ de música antigua”.
El trabajo del rapsoda es indisociable del pulso vital y las contingencias mundanas: cualquier propósito está condicionado por hechos accidentales y aleatorios. En el desliz y la intermitencia, el rapsoda encuentra la esencia de su oficio, y en su ocaso vira de lenguaje y pinta aquellas palabras que fueron sonido: “pintó la desviación/ de las palabras/ como gotas de lluvia/ que se encuentran al caer/ por los surcos de la corteza/ de un viejo tronco”.
Jorge Monteleone, “De la salvación del mundo. A propósito de Rapsoda de Lucas Soares”
Revista Otra Parte, n° 603, 7 de noviembre de 2024
En el último Borges —que había mutado de su conservadurismo hacia una especie de utopía ética de la belleza, unida a su experiencia del sintoísmo en el Japón— hay un célebre poema llamado “Los justos”, en el cual imagina que hay varias personas que realizan actos mínimos, en apariencia insignificantes, unidos por una trama que mutuamente ignoran. Por ejemplo, entre otros, Borges nombra el acto del que agradece que en la tierra haya música, el de dos empleados que en un café del sur de la ciudad juegan al ajedrez, el del ceramista que premedita un color y una forma, el del tipógrafo que compone la página del poema y acaso no le agrada, el de quien acaricia un animal dormido. El poema finaliza con un verso sorpresivo y espléndido: “Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”. Entre aquellas acciones mínimas que salvan el mundo en ese poema está aquella del “que descubre con placer una etimología”. La elección de un título es un acto similar: un libro de poesía llamado Rapsoda (Mansalva, 2024) convoca esa iluminación fugaz. El rapsoda es el poeta y hay en el reconocimiento de su etimología un hallazgo. Ya Borges había usado el término El hacedor, en aquel libro que comenzaba con una prosa dedicada a la figura de Homero al volverse ciego y cuyo título era la traducción literal del vocablo poeta —palabra que proviene del griego poietés y del verbo poiein, que significa hacer—. El poeta es, etimológica y literalmente, el que hace, el hacedor. Quizás no está lejos del mestiere di poeta, del oficio de poeta, como lo llamaba Cesare Pavese. Pensar en el poeta como hacedor es pensarlo menos como creador que como artífice o incluso artesano —Benjamin hubiera escrito: “El autor como productor”—. Pero volvamos a los tiempos antiguos. Rapsoda es también poeta, pero su tarea poética proviene del trabajo con otros poemas. El vocablo rapsodia, del que deriva rapsoda, viene del verbo griego rapsodeo, rapsodein, que significa zurcir, atar, ensamblar, y del sustantivo odé u oidé, que también está en el vocablo oda, y que significa canto. El rapsoda es, literal y etimológicamente, quien ataba o enhebraba cantos, quien recitaba fragmentos poéticos, especialmente homéricos, en la antigua Grecia: el rapsoda era aquel que en su recitado ante los oyentes combinaba fragmentos poéticos para realizar otros poemas. Algo de ese ideal poético, entonces, más cercano al oficio del poeta que al vate profético —la poesía como artificio, arte facto; la poesía como trabajo, como mestiere, diría Pavese, o la artesanía del fabbro, diría Eliot—, se halla en la poesía de Lucas Soares. Ya en El poeta y el buey había escrito: “un poema del presente / viene del pasado / y continúa en el futuro”. Y en este libro, Rapsoda, que es el nombre del poeta como recitador —y es por ello un “viejo rapsoda”, ya que debe contar con la vasta memoria del pasado para componer sus poemas del presente—, leemos literalmente la etimología del vocablo referido: “al recitar / el viejo rapsoda teje / palabras con agujas / que traman en su esgrima / prodigiosos simulacros”.
El acto del que teje palabras es como el que enhebra o ensambla fragmentos y produce con ellos una apariencia nueva. Y si el rapsoda tejía o zurcía los fragmentos de su canto con los poemas homéricos, Lucas Soares configura los suyos con unos versos tomados del antiguo poema filosófico más deslumbrante de la historia de Occidente, compuesto en el siglo I antes de Cristo: De rerum natura, de Lucrecio, Acerca de la naturaleza de las cosas o bien, con más precisión, Acerca de la naturaleza. Lucas Soares es profesor e investigador de filosofía antigua y podría darnos clases sobre esta extraordinaria obra, escrita en hexámetros latinos, que comenzaba con la imagen de la Venus nutricia: “Aeneaudum genitrix, hominum divomque voluptas, alma Venus” (“Engendradora de los descendientes de Eneas, gozo de los dioses y de los hombres, Venus nutricia”) y no puedo abundar en ello. Salvo decir que ese poema abreva en su totalidad en la filosofía de Epicuro y fue escrito por un hombre cuya sombría y arrebatada imagen primera, y quizás apócrifa, debida a una breve nota de San Jerónimo, tiene todos los matices de la exaltación: “[En el año 95 a. C.] Nace el poeta Titus Lucretius. Más tarde, preso de furiosa locura por un filtro amatorio, y habiendo escrito durante los intervalos de su demencia algunos libros que luego corrigió Cicerón, se suicidó a los 44 años de edad”. Este hombre, sin embargo, se propuso escribir en versos latinos “el nacimiento y naturaleza de todas las cosas, tal como sutilmente habían sido descritas en griego”, como dijo George Santayana. Me gusta imaginar el pasaje del nombre Lucas a Lucrecio y la idea tenebrosa de que la poesía se escribe per intervalla insaniae, en los intervalos de la locura o, mucho mejor, como un acto enloquecido en sí mismo respecto del mundo real: el acto de un verdadero desviado que confunde las palabras con las cosas y del cual continuamente Lucas Soares quiere hallar precisiones, figuraciones, salvedades, como en su libro anterior, con poemas como este: “hay cosas que tienen / el mismo nombre / con distinto significado // un buey vive / y un poema, / también vive // pero vivir no es / lo mismo / para el buey / que para el poema”.
El rapsoda de este libro trabaja su antiguo oficio de entramado y recurre al poema de Lucrecio para zurcir con él su propio recitado. Para ello se vale de una de sus imágenes conceptuales más felices: la noción de clinamen, de desviación, de declinación. En el primer poema del libro hay un hecho azaroso, contingente. Un viento salvaje golpea la lámpara del escritorio, cae sobre la impresora y esta imprime una página de Lucrecio que proviene del último documento abierto por el viejo rapsoda —como si aquel rapsoda se encontrara fusionado en el sujeto poético del presente, es decir, como si lo antiguo y lo presente confluyeran hacia esta futuridad en que lo leemos—. Esa página corresponde al poema de Lucrecio cuando menciona, justamente, el clinamen. El fragmento se refiere a esta argumentación: puesto que todas las cosas están conformadas por átomos en un número ilimitado y que el espacio mismo es ilimitado; y puesto que los átomos vienen cayendo en línea recta en un espacio vacío debido a su propio peso, en un momento incierto e indeterminado y en un lugar igualmente incierto e indeterminado; entonces dichos elementos se desvían de su trayectoria rectilínea, chocan entre sí y, de ese modo, en el encadenamiento de sus uniones, van conformando todos los cuerpos, todas las cosas, todas las formas del mundo. Y así como esta unión de libre contingencia, sin determinación divina alguna, conforma los cuerpos, también configura el libre albedrío, ese poder que nos sustrae al determinismo, a la fatalidad y al destino.
El fragmento de Lucrecio que en la página siguiente ensambla el rapsoda declara ese comienzo para sus poemas, es decir, el fenómeno del desvío, de la declinación, del clinamen: “si no declinaran los principios —se lee al final—, caerían todos hacia abajo como gotas de lluvia, por el abismo del vacío, y no se producirían entre ellos ni choques ni golpes; así la Naturaleza nunca hubiera creado nada”.
Como buen rapsoda, en la primera sección del libro, llamada “El recitado”, el poeta zurce y trama las hebras de Lucrecio a la vida del lenguaje e imagina, como lo hizo el latino en el poema del pasado, que si las palabras cayeran en línea recta se encontrarían con las mismas palabras. Pero en su recitado el poeta mismo produce el clinamen, el desvío del sentido: las palabras colisionan y rebotan entre sí para producir un remolino, tal como el de las hojas secas en una calle o como las motas de polvo que circulan en un rayo de sol que cruzara un cuarto en penumbras —y esta es otra imagen tomada de Lucrecio—. Es el rapsoda el que, con su acción poética, produce el movimiento del lenguaje y hace que así se incremente y quizás su palabra diga lo que dice, y además más, y otra cosa —como diría Pizarnik—. O como diría ahora el viejo rapsoda de Soares: “en el recitado / la desviación de las palabras / deja entrever / lo que las palabras no pueden decir”. Y aquello que las palabras no pueden decir cabalmente son las cosas, salvo mediante simulacros. Las palabras no son las cosas. “Hay cosas que se dicen / de otras cosas / y están en ellas” escribía Soares en El poeta y el buey, y eso mismo está en el poema del poeta pero, escribe, “un buey no se dice de otro buey ni está en otro”. Las palabras designan las cosas pero no son cosas y no obstante el poeta sueña con hacer cosas con palabras; con hacer, por ejemplo, una carretilla roja barnizada por el agua de lluvia junto a blancas gallinas, como en el poema-objeto de William Carlos Williams, que predicaba que no había ideas sino en las cosas. El rapsoda crea simulacros y los poemas de la segunda sección del libro proponen de súbito esas escenas que evocan el mundo bajo su especie. Como los átomos que se desvían y forman cuerpos, así el rapsoda aspira que en los desvíos de sus recitados aparezca en el poema una imposible creación: la materia misma, la materialidad de lo real. Pero esto no se ofrece sino en los simulacros, encabalgados en su recitado mientras crea la ilusión misma de la vida.
El rapsoda compone los simulacros del mundo con su propio cuerpo, recita con los ritmos que le son propios, somáticos, cardíacos; recita con el ritmo de la vida, con su propio aliento, con las intermitencias de su respiración voluntariosa de armonía. Ya que lo que compone, se dice a sí mismo, es, como ahora y siempre, un canto. Pero algo ocurre en esa armonía ficticia —la sagrada Harmonía que aspiraban aquellos que amaban su ritmo, como Darío— ya que no hay tampoco una línea continua en su cuerpo mortal: algo lo interrumpe, algo lo obtura, algo se interpone en la melodía vertical del aliento. De pronto el flujo de la voz padece su propio desvío, las palabras en su respiración sufren su propio clinamen y crean el simulacro mismo de la interrupción: “las palabras del viejo rapsoda / dejaron de desviarse / de su pesada verticalidad / y de su boca ya solo brotaba / el rugido de una canilla / con agua presionando por salir”. El oyente cree que esa interrupción es parte del recitado pero el rapsoda, irónicamente, fatalmente, higiénico y falible, sabe que su propio oficio debe su tributo al tiempo de la mortalidad. Y como todos los mortales ante el avance de la enfermedad, el viejo rapsoda se hizo… una resonancia magnética. Todo vuelve al poema, sin embargo. Como les champs magnètiques, los campos magnéticos del surrealismo (Breton) y como la resonancia de las imágenes en la ensoñación poética (Bachelard), inmóvil dentro del tubo del resonador, el rapsoda comienza a escuchar otros ritmos en su cuerpo. Y otra vez el desvío de la experiencia corporal lo lleva, por azar, a un nuevo estado: “armó patrones rítmicos / con la vibración de las palabras / que chocaban y rebotaban / en su cerebro”.
En la última sección del libro, “Las pinturas”, el rapsoda alcanza su propia culminación como recitador y su cumbre como hacedor. Su voz, interrumpida por el aliento que busca respirar de nuevo, se aparta de sí y sustituye las palabras por las imágenes de las palabras y, al fin, las pinta. Pinta palabras como pinturas y produce el simulacro máximo: sustituir el mundo mediante un desvío del mundo, hacer de la poesía el éxtasis de lo imaginario cuando la lengua deja de ser un instrumento y una voz al transformarse en una alucinada presencia. El poeta no recita ahora sino pinta, pinta todo lo que ha recitado y lo que ha vivido, lo duplica en la pintura y a la vez el texto de Lucas Soares lo duplica en lenguaje. Mágicamente, como una aparición, en las pinturas del viejo rapsoda todo el libro se repite otra vez, como metáfora de sí, como retorno, como desvío del tiempo para matar el tiempo. El poeta sustituyó las palabras por el movimiento de las palabras. Y así entonces el rapsoda desaparece, tal como todos finalmente habitaremos el vacío, para que la poesía, del pasado, del presente y del futuro, tenga lugar hasta el fin mismo del tiempo: la poesía como desvío de la lengua, como eclipse de palabras para dar luz al poema. El rapsoda “pintó la trayectoria que va / de su primer / al último recitado / como un eclipse de palabras / alborotadas en un rayo de sol”. Solo un rapsoda desviado, como Lucrecio o como Lucas Soares, pueden armarse de esa alucinada belleza para conjurar la muerte y, como los justos, seguir salvando el mundo.
Enzo Cárcano, “Coser el canto”
Boca de Sapo, 1 de octubre de 2024
Del griego rapsoidós, “rapsoda” es, etimológicamente, la unión del verbo ráptein, “coser”, y del sustantivo oidé, “canto”. ¿Y qué es lo que cose el rapsoda en su canto al recitar? Lucas Soares ofrece una respuesta en su más reciente poemario: “palabras con agujas/ que traman en su esgrima/ prodigiosos simulacros”. La recitación, desviada como el poema, no presenta, no expone, sino que deja entrever “lo que las palabras/ no pueden decir”. Y lo hace porque es, esencialmente, movimiento, ritmo. No casualmente Rapsoda –dedicado al poeta, crítico y gestor cultural Raúl Santana, fallecido en 2021– se abre con un pasaje del filósofo y poeta latino Lucrecio, que sostiene que el clinamen, lo desviado, es lo que rige la creación: si no fuera por ello, “si no declinaran los principios [los átomos] caerían hacia abajo cual gotas de lluvia, por el abismo del vacío”. El rapsoda “encabalga”, entonces, simulacros para ejercer un desvío, para que las palabras no se amontonen sobre lo dicho inerte; es un hacedor, el continuador del movimiento de la creación, de “un remolino/ de hojas secas/ en una calle vacía”, o el de “un rayo de sol/ que cruza un cuarto en penumbras”.
Pero el vaivén de las palabras no se detiene en la música del recitado, sino que reverbera más allá, en el oyente, en su mente cautivada por el baile que emula a las olas del mar, las vibraciones de una telaraña, los reflejos en una pantalla apagada:
simulacros que excitan
al oyente
como la breve espuma
que lame una roca
tras el choque de la ola.
¿Y qué si el movimiento, si el ritmo que es el rapsoda –su recitar– se interrumpe, se detiene, se estanca? ¿Si le sobreviene que las palabras vuelvan a caer sobre “su pesada verticalidad”?:
sustituyó así
las palabras
por la pintura
del movimiento
de las palabras
Ahí, el poema, para seguir tejiendo, para decir el silencio del rapsoda volcado a la pintura, su otro ritmo, el que lo salva todavía del vacío de lo recto, de las palabras que “se encuentran siempre/ con las mismas palabras/ como bichos que se golpean/ tercamente contra la luz”.
Rapsoda, que lleva un texto de Silvio Mattoni en la contratapa, fue presentado el sábado 7 de septiembre de 2024 en una colmada Fetiche Libros. Al autor lo acompañaron, en la lectura, Jorge Monteleone, con un iluminador texto, y Nahuel Vecino, el artista que creó la obra de tapa. Luego de la presentación, tocó y cantó Bruno Albano.
Lucas Soares nació en Buenos Aires, en 1974. Además de poeta, es investigador del CONICET y docente de Filosofía Antigua en la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía El río ebrio (2005), El sueño de las puertas (2006), Mudanza (2009), Roña (2013), El sueño de ellas (2014), La sorda y el pudor (2016), Un drama eléctrico (2016), La médium (2019) y El poeta y el buey (2021). En 2015 recibió el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes. Obtuvo también la beca de creación literaria de la misma institución. Poemas suyos aparecieron en diversas antologías y publicaciones impresas y virtuales.
alborotadas en un rayo de sol
que cruza un cuarto en penumbras
así chocan y rebotan las palabras
en el recitado del viejo rapsoda
(De “El recitado”)
armó patrones rítmicos
con la vibración
de las palabras
que chocaban y rebotaban
en su cerebro
(De “La resonancia magnética”)
pintó la desviación
de las palabras
como gotas de lluvia
que se encuentran al caer
por los surcos de la corteza
de un viejo tronco
(De “Las pinturas”)
Inés Busquets, “Rapsoda”
Agencia Paco Urondo, 21 de julio de 2024
Rapsoda, de Lucas Soares es un libro musical. Es un libro que podría ser una canción. Un mismo patrón armónico y todas las variaciones posibles. Rapsoda es un homenaje y un concepto. El viejo rapsoda es el personaje y la figura del poeta que a través de su recitado proyecta su vida.
Un rapsoda es aquel que en la Grecia antigua llevaba los poemas por los pueblos, pero que aparte de recitar tenía la capacidad de ensamblarlos, de unir trozos divergentes para componer un solo canto.
En el recitado está el aura del poeta. Solo de la voz del poeta se escucha el verdadero poema. Cuando un poeta se va, también con él la autenticidad de su obra. El poeta transita su ciclo vital y el oyente su estado en la voz.
¿Qué dice la voz del poeta? ¿Qué estadios atraviesa su recitado? ¿El poeta está separado de la obra?
En Rapsoda, vida y obra confluyen con la misma emoción y el poema es el resultado de esa convergencia.
Rapsoda está dividido en seis partes. Cada una representa una manera de recitar como un modo de vida: El recitado, Los Simulacros, Las interrupciones, La resonancia magnética, Las pinturas.
Al inicio, como Proemio encabeza el poeta romano Lucrecio que da el puntapié inicial para desglosar cada partícula de composición en unidad de análisis.
“Cuando los átomos caen en línea recta a través del vacío en virtud de su propio peso, en un momento indeterminado y en indeterminado lugar se desvían un poco, lo suficiente para poder decir que su movimiento ha variado”.
Lucas Soares trabaja el poema partiendo de la teoría de Lucrecio:
las palabras que caen
por su propio peso
en línea recta
se encuentran siempre
con las mismas palabras
Rapsoda tiene 29 poemas breves que se encadenan en un mismo sentido, pero que sin embargo guardan autonomía. Similar al caballo de Ezra Pound, como si el libro fuera un gran ideograma para leer/escuchar de distintas maneras, donde la yuxtaposición logra una sucesión natural de la percepción. El gesto es el poema que no solo combina hechos concretos sino que nos propone un tiempo y una simultaneidad para ubicarlos.
Por otro lado, Rapsoda es la excusa de Lucas Soares para jugar con el lenguaje, el aspecto lúdico da cuenta de la habilidad del poeta para mover las piezas. Prueba variaciones con metáforas e imágenes. Utiliza la técnica del viejo rapsoda para recitar, entonces la palabra suena con matices y colores diferentes.
alborotadas en un rayo de sol
que cruza un cuarto en penumbras
así chocan y rebotan las palabras
en el recitado del viejo rapsoda
El viejo rapsoda que es un poeta sagaz adapta el lenguaje a las posibilidades de comunicación, por eso pasa del recitado a la pintura y continúa transmitiendo con la misma intensidad, ahora no recita las palabras sino que las pinta.
pintó la desviación
de las palabras
como gotas de lluvia
que se encuentran al caer
por los surcos de la corteza
de un viejo tronco
Rapsoda es un libro de poemas pero también podría ser un disco conceptual, un cuadro o una puesta en escena audiovisual. Cual nota musical en un pentagrama cada palabra ocupa un espacio preciso, el silencio también se combina y cumple su función.
El viejo rapsoda lleva su música, Lucas nos convoca y nos hace partícipes de la creación.
Lucía de Leone, “El tiempo del poema”
BazarAmericano, mayo-junio de 2023, nº 88
El poeta y el buey, último libro de Lucas Soares, quien además se dedica a enseñar e investigar filosofía, reafirma un gesto cuyos rastros ya advertimos en algunos de sus poemarios anteriores. Entre obsesión personal, su saber hacer y decisión estética, el poeta disuelve (aunque nunca del todo) el universo del yo del que tanto solemos leer aquí y allá, para llevar la fábula hacia universos referenciales menos frecuentados. ¿De qué hablar en poesía? En la tradición de los poemas clásicos o del Siglo de Oro español y en serie con una pulsión narrativa que no está dispuesta a abandonar todavía el espacio poético, su escritura muestra afán por la construcción de personajes, tan ajenos a él mismo que a veces resultan o bien en la “pura cosa” y abstracciones o bien desbordan de materia y animalidad no humana: la segunda persona innominada de Roña (2013); las soñadoras en El sueño de ellas (2014); los daneses inubicados, la sorda, el psicótico en La sorda y el pudor (2016); el alcohol y la literatura en La médium (2019), el poeta y el buey en su reciente poemario, por situar algunos emergentes.
El título nos pone en clima de inmediato y lo anticipa todo; se dice “el poeta” y se dice “el buey”. La posición atributiva hace del poeta y del buey una sustancia definida, que precedida por artículos determinados establece un pacto de entendimiento entre hablante/ oyente o escribiente/lector: no se trata ni de cualquier poeta ni de cualquier buey (hay un definido) sino de esos sobre los cuales será posible conceder un predicado y entablar asociaciones. Un determinado que, digo convencida, le gana al universal que está latente en esa construcción sintáctica. De igual forma, la estructura del poemario se preanuncia desde los paratextos en tanto título y contratapa funcionan como otras variaciones del gran motivo ordenador del libro: “hay cosas que tienen/ el mismo nombre/con distinto significado/ un buey vive/ y un poema/ también vive/ pero vivir no es/ lo mismo para el buey/ que para el poeta”. Es eso que el poeta repite una y otra vez, con diferencias en cada ocurrencia para desbaratarlo todo en cada fragmento.
Poeta, buey, vida, muerte, animal no humano, hombre forman un continuum sobre el que Soares opera con inmensa gracia actualizando una versión del método diseminativo recolectivo, que consiste en repartir palabras a lo largo de los poemas para relacionarlas todas juntas en una zona determinada. Desde ese mismo sistema reflexiona sobre el lenguaje, el arte de usar, combinar, revivir palabras e instalar una génesis arbitraria para la poesía: “según el orden/ al escribir un poema/ los versos son/ anteriores a las palabras”. En el origen, parece haber sido el verso. Y el buey, agrego, ese macho bovino, el castrado que cuenta con una larga tradición de santidad en la tradición egipcia y greco-romana. Pero buey es una palabra también, bella palabra (mucho más atractiva en su sonoridad que “toro”, según el autor) aunque se trate de un monosílabo con triptongo, difícil de pronunciar cuando se aprenden las propiedades de las clases de palabras. En el cruce entre belleza y dificultad, entre santidad y explotación animal, entre objeto de culto y bestia de carga, el buey encuentra como palabra, como referencia y como relación lógica, una excusa para decir (la predicación) y para estar en (la inherencia) el espacio poético.
Acostumbrados los lectores a pasearse por los diversos escenarios de sus otros libros, que de alguna forma moldeaban la imaginación poética –desde ciudades europeas, playas, el campo y el Lawn Tennis Club a calles porteñas atestadas de “Compro Oro”, la plaza de la infancia, el hueco para espiar a la chica desnuda o la avenida del Libertador miniaturizada en un monoambiente–, ahora ingresamos sin más y quedamos a la intemperie en una deslocalización absoluta, que sólo encuentra polos de emplazamiento en la escritura poética. ¿Dónde están el poeta y el buey del libro? ¿En qué parte será posible por fin que el buey atropelle al poeta? ¿Hacia dónde queda la muerte que se proclama contraria a la vida, tanto del poeta como del buey?
Si algunos otros libros de Soares hacían avanzar la trama (los suyos son poemas de trama) por el contrapunto entre forma y contenido (el pescador y el pequeño emperador separados por el blanco de página) o habilitaban sentidos expandidos en la convivencia de varias voces poéticas (las que sueñan, quienes median, las sordas, los enfermos mentales, las citas textuales), aquí nos enfrenta a una experiencia extraña, que oscila entre seguir las pistas del niño en sus juegos –que recuerda a su padre o que hace travesuras con amigos– y atender la búsqueda del filósofo por el saber. En el intermedio, en el “gris” que tanto se lexicaliza en el poemario, aparece el poeta para hablar del poeta sin dejar marcas personales en la enunciación (“las cosas se dicen solas”) y jactarse con trampas, que quieren pasar por sutiles pero que nos introducen en un universo de enlaces cada vez más complejo.
Este libro es como ahí mismo se dice que son las relaciones, cuya mismidad es un todo a la vez. El poeta y el buey es una sucesión de silogismos que se preguntan por la verdad o falsedad de las uniones y desuniones en las que entran el tiempo, el lugar, la acción, la cualidad, la afirmación y la negación; un cúmulo de fragmentos que podrían proceder tanto de la refranesca como del dictum presocrático; un derivado potente y siempre desviado de las teorías referencialistas del lenguaje; una combinatoria de un mismo motivo al que en ocasiones se pone en primer plano, se lo arrastra en travelling o sobre el que, por momentos, se hace zoom in; una lección de gramática que establece pautas claras en el ordenamiento morfológico y sus efectos en la sintaxis y la semántica; un solo poema distribuido según órdenes matemáticos de base lingüística (el decirse de) y de base ontológica (el estar en), inspiraciones confesas en los escritos de Aristóteles. O mejor, todo eso junto y al mismo tiempo, como en un aleph.
Si siguiéramos la afirmación de Cratilo que Jorge Luis Borges recoge en “El golem” o adhiriéramos a teorías del referente lingüístico, tendríamos que aceptar que el nombre es arquetipo de la cosa. Y que la rosa está en las letras de “rosa” y que todo el Nilo habita en la palabra “Nilo”. O también podemos tomar la huella que traza el buey en su andar y ver cómo “cuando las cosas se dicen solas” (sin referente, sin lenguaje, sin palabra, sin inscripción material), aparece el poema en su propio tiempo, en el que vive el poeta, se asienta la escritura, y atropella el buey, ese buey.