Juan Laxagueborde, “La sorda y el pudor”

Otra Parte Semanal, n° 182, 22 de septiembre de 2016

Encontrar un índice para medir las esencias es la actitud de fogonazo con la que Lucas Soares escribió un libro brillante y desalentador. No es una contradicción: el desaliento tiene un lado liberador y las esencias se pueden medir. Las esencias pesan, tienen volumen, hablan ¿cómo no? No hay manera de descartar una última esencia que sostenga todo lo demás. En el fondo del fondo hay las risas de las esencias, que son sirenas, bibliotecas, sangre, fraternidad, fastidio, errancia, trabajo esclavo en forma de objetos y así un ejemplo por cada pedazo de mal que se haya astillado de la historia de todas las personas que habitamos este mundo en algún momento buscando darle forma a una Comunidad y terminamos atados a los maleficios de la pobre Población. La poesía es acá la encargada de no decir nada sino más bien vivificar las paradojas de que cuanto más ajustada la maquinaria, más cerca de alcanzar su declinación. La poesía experimentando lo que está por explotar.

La poesía se anima, entonces, a decirle mentira a la verdad y destacar ese hechizo a través de materialidades. Las personas, si no somos materia, estamos descompuestos por ella, que mal o bien nos anima. En un primer movimiento, Soares colecciona un elenco como de antología: el sórdido, la sorda de un idioma cuando se cierra sobre sí, el que espera, la que reincide –que es otra forma de la espera y de la sordera–, el que ofrece y molesta, el que apesta: “a Lerma le gustaba repetir: / el que pone las condiciones / manda”. En el encanto de personajes sometidos al mundo va en coche al muere la humanidad, no la Humanidad, de todo el mundo. Hasta acá el libro era un entretejido imaginario (caótico) entre un hombre sentado en la sala de espera de un banco y una inmigrante santiagueña perdida en sí dentro de un país nórdico, apenada. Pero en este punto el libro se corta a la mitad y vuelve a empezar, como si fuera un capítulo espejado. Ahora hay dos personajes en forma de invento: “una cosa” que marca o destruye la forma de otras cosas y “el pequeño emperador” caricaturizado que impera honrado por su propia bobera. Esa misma cosa tiene el don de cincelar el sueño, la pileta del baño, el mar, nuestro yo, la soga para una red, la calentura incestuosa. Todo eso, todo eso. El pequeño emperador no es una sino varias cosas en forma de un ejército de emperadores, desde el que vive de rentas hasta el desahuciado.

Las candilejas que son las estrofas están dispuestas en el libro a la manera de dos líneas de alta tensión mediadas por un considerable espacio en blanco, escapando a la abulia, amando la energía. La lectura zigzaguea, sube, baja, se comporta a modo del lector clásico que también se marea. Esas dos paralelas hechas de sensaciones –esto es, entonces, de cosas– tienen forma de versos para justificar la poesía, pero podrían ser un canto oral, espasmódico y deliberativo del siglo XXI que le cante al mundo no desde el púlpito ni desde el banquito del ciudadano liberal, sino desde su contrario, un no-púlpito donde el decidor se encuentre hundido, con medio cuerpo dentro de la tierra y la otra mitad, su otra mitad, de donde sale la voz y desde donde respira alentando a una especie de llamada de atención, alcanzándonos a todos. Bajarían estas verdades verdaderas: la vida es “esta cosa” y “‘esta cosa’ es el recuerdo / de una corrida entrecortada / por el dolor del bazo”. No hay más, así de rápido pasamos.

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2018-01-19T22:32:27+00:00